Apenas me di cuenta de cómo me metí en ese lío.
Oh, claro que sé como empezó, pero la cosa se me fue de las manos como casi siempre.
El caso es que la Condesa de Brufeuf. Ella vive desde hace una década en un barrio residencial de Getafe, en un chalet independiente que, según dicen, imita la forma de su castillo en el sur de Francia.
Los Brufeuf fueron una familia noble de Francia que cayó en desgracia por sus simpatías hacia el partido Nazi. Durante la guerra, colaboraron con ellos y formaron parte de del Gobierno de Vichy.
Ni que decir tiene que, en un país con la tradición antinobiliaria de Francia, la idea de que una de las pocas familias nobles que sobrevivieron a la guillotina colaborase con el enemigo incitó una revuelta que les expulsó de sus tierras tras la guerra.
Ahora, Margeritte du Brueuf era la última descendiente de su línea de sangre, vivía exiliada en España, leyendo libros de poesía en francés, novelas de la vieja Europa y viejas historias de tiempos mejores.
Una historia más de las muchas que habitan nuestro mundo, si no fuese por La Estrella del Alba.
La Estrella del Alba es el motivo por el que fui a ver a la condesa esa tarde. Quería venderla, para mantener su estilo de vida. Yo tenía mis contactos, y mi tarjeta es una de esas cosas que uno debe guardar porque nunca sabe cuando va a necesitar mis peculiares habilidades.
La joya familiar de la familia Brueuf era un inmenso diamante amarillo que, según decían, había caído del cielo una mañana. Engarzada en un collar de oro banco, repleto de zafiros y esmeraldas su valor era inmenso.
De ahí su nombre.
La otra parte de su leyenda, también acreedora de su nombre, es que la estrella estaba maldita, y era la causante de la caída en desgracia de la familia.
Tras toda la tarde charlando junto a un pequeño estanque decidí que podía encontrar un comprador adecuado que cumpliese las expectativas y deseos de la condesa.
Sin embargo, cuando llegó la hora de ver la magnífica joya, todas las alarmas saltaron. Alguien del servicio, infiltrado con intención de robarla discretamente, había tenido que adelantar sus planes por mi presencia.
Perseguí al ladrón calle abajo guante una carrera que, de no haber contado con la experiencia de mis anteriores aventuras, me hubiese extenuado.
El ladrón, intentando escapar se metió en el túnel del tren subterráneo que recorría la ciudad bajo sus edificios. Deduje que se trataba de un ladrón inexperto, pues hubiese bastado una llamada a la policía para sellar las tres únicas salidas que tenía el túnel.
Sin embargo, la condesa me había pedido discreción, así que me metí en la oscuridad de las vías tras él.
Durante unos cien metros recorrí el oscuro túnel, pero algo me distrajo. Arriba, a mi derecha había una trampilla hábilmente oculta.
Otros ojos no la hubiesen detectado en la oscuridad, apenas si a hubiesen visto a plena luz, pero yo llevaba buscando cosas extrañas desde niño.
Decidí investigar ese nuevo misterio, y dejar la persecución del ladrón para más adelante. Sin duda, no me fue difícil localizarle, y seguir la pista de la Estrella hasta un castillo de los Alpes Austríacos, hogar de un coleccionista con el que ya me había encontrado antes y con el que mi sociedad ya había cruzado “impresiones” otras veces.
Pero esa es otra historia.
El túnel auxiliar transcurría paralelo a las vías durante unos veinte metros. Para después ascender hacia arriba. Era estrecho y no había ni una sola luz pero pude arrastrarme e iluminar mi camino con el equipo que siempre llevo encima.
Lo que me sorprendió, algo no muy habitual con mi fino olfato para lo extraño, fue que el pasadizo llevaba una habitación mediana, que al principio no supe situar.
No fue hasta que recordé que el tren, hacía menos de una década transcurría por la superficie, que comprendí que esa habitación llena de escombros e iluminada sólo por mi linterna, era lo que quedaba de un subterráneo que cruzaba bajo las vías. Al enterrar el tren, habían dejado una habitación sellada sobre las actuales vías. Emparedada entre ellas y el asfalto.
La luz de la linterna parecía vacilar, como una llama, cosa curiosa que me hubiese extrañado de no sentir un frío familiar en cada hueso del cuerpo.
No os he hablado todavía otras experiencias que he vivido con lo ultraterreno, y ésta no es, ni de cerca, la más aterradora. Algún día os contaré mi visita al palacio fantasma de Ugena, o a las Cavernas del Ocaso. Pero esta en particular se me quedó grabada, y quizás merece ser la primera por la singularidad del morador.
Quizás pienses que los fantasmas no existen, no seré yo quien te saque de tu engaño, pero créeme si te digo que hay cosas más extrañas que un pinchazo en la carretera o un tren completamente vacío.
La niebla comenzó a ascender. Iluminada por el tono amarillento de mi pobre linterna, y comenzó a formar una figura humana.
Una mujer de pelo largo ataviada con un largo vestido negro y tez pálida se plantó silenciosa ante mí. Mirándome con suma tristeza.
Jamás olvidaré su rostro, y profunda melancolía y su silencio.
Estuvimos así minutos, que parecieron siglos, y acto seguido, sin pronunciar ni una sola palabra, se esfumó.
Las pilas de la linterna se estaba acabando, y lo último que quería era quedarme a oscuras en una caverna con una salida casi imposible de encontrar, y en presencia de un aparecido.
Salí de allí sin mirar atrás, pero jamás olvidaré su belleza.
No volví al pasadizo. Seguramente no vuelva ningún día. Investigué las hemerotecas, en incluso hice una pequeña visita a la biblioteca del Cerro de los Ángeles. Pero no logré encontrar nada sobre ella.
Quizás ya nunca lo sepa, pero si algo sé es que, pasado el momento de la magia, jamás hay otra oportunidad de encontrar lo que perdiste.